
Echo de menos la comida de mi madre, mi cama, mi habitación, mi cuidad, su casco antiguo con sus casitas de piedra y sus casitas de colores, y el olor a artesanía que hay en las tiendecitas de souvenirs. Echo de menos mi sofá, mi televisión, mis noches dibujando en mi cama. Echo de menos que llame el cartero. Lo echo tanto de menos que sería capaz hasta de abrirle la puerta cuando llama. Echo de menos poder ir a la cocina cuando estoy sola y picar algo si me he quedado con hambre. Echo de menos decir que quiero irme de Cuenca. Echo de menos las paredes llenas de gotelé, aunque sean feas. Echo de menos el "plín!" del microondas cuando el Cola Cao ya está listo, y por supuesto coger yo mi Cola Cao con mi cuchara y sentir el tacto de los polvos. Echo de menos mi bañera y la luz blanca que entra por las ventanas. Echo de menos el frío de las montañas. Echo de menos ver llover desde mi ventana al apartar mis cortinas blancas. Echo de menos mis posters arañados y viejos y mis cuadros. Echo de menos salir de mi casa y a los dos pasos estar en pleno campo, al lado del río, rodeada de casas talladas en la piedra. Echo de menos las vistas espectaculares de la naturaleza desde cada ventana de mi escuela. Las manías de mis profesores. Mis rincones.
Nunca pensé que algún día diria esto, pero la tierra tira, y mucho.

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